Dos ciudades-museo declaradas Patrimonio de la Humanidad el mismo año, con castillos aún habitados, casas otomanas en perfecto estado y bazares que llevan siglos vendiendo lo mismo. Berat, la "ciudad de las mil ventanas", y Gjirokastër, la "ciudad de piedra", son el contrapunto cultural perfecto a las playas de la Riviera — y están a menos de dos horas una de otra.
| Tiempo | Recomendación |
|---|---|
| 1 día | Solo Berat, o solo Gjirokastër. |
| 2 días | Ambas ciudades, una jornada completa cada una. |
| 3 días | Añade tiempo para el bazar y alguna excursión de naturaleza cercana. |
A orillas del río Osum y rodeada de montañas, Berat se organiza en tres barrios claramente diferenciados: Kala, el barrio-fortaleza en lo alto; Mangalem, a sus pies, con las hileras de casas blancas otomanas que le dan su apodo; y Gorica, al otro lado del río, más tranquilo y menos visitado.
Construido en su forma actual en el siglo IV a.C. y reforzado en época bizantina y otomana, ocupa 10 hectáreas en lo alto de la ciudad y sigue habitado: unas 300 personas viven todavía dentro de sus murallas, en casas otomanas de los siglos XVIII y XIX, algo insólito en toda Europa. En su interior, la Iglesia de Santa María de Blachernae (siglo XIII, sobre un monasterio del V) conserva frescos del pintor Nikolla Onufri; las ruinas de la Mezquita Roja y la Mezquita Blanca, medio ocultas entre matorrales, completan el recorrido. Entrada aproximada 4€.
El barrio más fotografiado de Berat: filas de casas blancas de época otomana trepando por la ladera hasta el castillo, con tantas ventanas asomando a la fachada que le dieron el sobrenombre a toda la ciudad. La calle Rruga Zoi Tola, llena de macetas con flores de colores, es de los rincones más pintorescos; el Museo Etnográfico, en una casa otomana del siglo XVII, y la Mezquita de los Solteros (1827), con sus frescos florales, están también en este barrio.
Al otro lado del río, el antiguo barrio cristiano de Gorica ofrece las mejores vistas de Mangalem y del castillo, con menos turistas y un ambiente más tranquilo. El puente de piedra de siete arcos que une ambos barrios, reflejado en el Osum con la colina del castillo al fondo, es una de las imágenes más repetidas de todo el país.
A unos 200 km de Tirana y solo 50 km de Sarandë, Gjirokastër (o Gjirokastra) creció en torno a su fortaleza desde el siglo XIII y alcanzó su máximo esplendor bajo dominio otomano, que tomó la ciudad en 1417. Habitada desde hace 2.500 años, hoy conserva unas 600 casas-torre (kullë) de piedra blanca con tejados de pizarra gris que le dan su sobrenombre. Es también la ciudad natal de Enver Hoxha, dictador de la Albania comunista, cuya vinculación —paradójicamente— ayudó a preservar el casco histórico casi intacto durante el régimen.
Uno de los castillos más grandes de los Balcanes, con orígenes del siglo V-VI d.C. y aspecto actual mayormente otomano. En su interior, un museo militar exhibe piezas de artillería, y un avión espía estadounidense derribado durante la Guerra Fría se conserva como curiosidad. Entrada aproximada 400 lekë (unos 4€).
Las dos casas-torre más visitables de la ciudad. La Casa Zekate (1811-1812), de tres plantas con fachada de doble arco y torres gemelas, es la más monumental; la Casa Skenduli (siglo XVIII), todavía propiedad de la misma familia desde hace generaciones, se visita a menudo guiada por un descendiente directo, que combina historia y anécdotas familiares. Entrada aproximada 2-5€ cada una.
A diferencia de los Bunk'Art de Tirana, este búnker se dejó en su estado original: salas para ministerios, interrogadores y la élite del partido, además de dormitorios y generadores, con parte del mobiliario original todavía en su sitio pese a los saqueos de 1990. Menos didáctico que los museos de la capital, pero mucho más auténtico.
La casa natal (1799) del escritor albanés más reconocido internacionalmente, autor de "Crónica de piedra" —novela ambientada precisamente en su Gjirokastër natal—, reconstruida como museo con un enfoque más literario y cálido que otras casas-museo de la ciudad. Entrada aproximada 5€.
Con origen en el siglo XVII, reconstruido en el XIX tras un incendio, es el rincón más fotografiado de la ciudad: en el cruce de las calles Ismail Kadare y Gjin Zenebishi, donde confluyen cinco callejuelas, se agolpan tiendas de artesanía, souvenirs y puestos de dulces bajo fachadas otomanas de dos y tres pisos. La Mezquita del Bazar (Xhamia e Pazarit, siglo XVIII) —una de las solo 13 mezquitas que sobrevivieron a la destrucción de templos durante el comunismo— corona el conjunto.
Sin un bazar tan definido como el de Gjirokastër, las callejuelas de Mangalem y del propio castillo de Berat concentran tiendas de artesanía local, tejidos, cerámica y sobre todo vino de la región —Berat está en plena zona vinícola, y varias bodegas familiares venden directamente su producción en pequeñas tiendas del casco antiguo—.
A las afueras de Berat, un cañón de paredes calizas por el que el río Osum ha excavado formaciones curiosas durante milenios. Se puede recorrer en tramos a pie, o en tours organizados de rafting suave en temporada de deshielo; una excursión de medio día muy popular entre quienes se alojan en la ciudad.
Una cascada de varios saltos escalonados en plena naturaleza, a poco más de una hora de Berat, con una poza natural apta para el baño en los meses de más calor. Poco masificada y fácil de combinar con la visita al Cañón del Osum en la misma excursión.
Cerca de Përmet, en pleno Parque Nacional del Abeto de Hotova, una serie de piscinas naturales de agua termal a unos 30°C junto al río Langarica y su cañón de aguas turquesa, con un puente otomano del siglo XVII (el puente de Kadiu) como telón de fondo. El contraste entre el agua caliente de las pozas y el agua fría del río, más el entorno natural, lo convierten en una de las excursiones más gratificantes —y gratuitas— de todo el sur de Albania.
Ni Berat ni Gjirokastër son ciudades de vida nocturna intensa, pero ambas tienen su propio ritual social al atardecer. En Berat, el Bulevardi Republika —calle peatonal llena de bares, cafés y una zona verde donde los hombres mayores juegan al ajedrez— es el escenario del xhiro, el paseo vespertino que hacen los albaneses cada tarde para verse y charlar con conocidos. En Gjirokastër, las terrazas alrededor del bazar se llenan al caer la noche, cuando el grueso de los turistas de excursiones de un día ya se ha marchado y la ciudad recupera un ritmo mucho más local.
La cocina del interior de Albania es más de cuchara y de carne que la de la costa: qifqi (bolitas de arroz con hierbabuena, especialidad propia de Gjirokastër), tavë kosi (cordero horneado en yogur), byrek y guisos de cordero o ternera a fuego lento son los platos más habituales. Berat, además, está en plena región vinícola, con variedades locales que merece la pena probar directamente en las bodegas familiares del casco antiguo.
En ambas ciudades lo más recomendable es dormir en el propio casco antiguo —en Berat, en Mangalem; en Gjirokastër, en la parte alta junto al castillo— para disfrutarlas de noche, cuando los grupos de excursión de un día ya se han marchado y las calles empedradas quedan casi para quien se aloja allí.
Clima mediterráneo con influencia continental en el interior: veranos calurosos, especialmente en Berat, e inviernos más fríos que en la costa, sobre todo en Gjirokastër por su altitud. Mayo-junio y septiembre-octubre son los meses más agradables para callejear por ambos cascos antiguos sin el calor extremo del verano.
Berat y Gjirokastër están entre los destinos más económicos de toda Albania — incluso los alojamientos con más encanto rondan los 50-80€/noche en temporada alta.
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