El estado más fotografiado de India: ciudades enteras pintadas de un solo color —rosa en Jaipur, azul en Jodhpur, dorada en Jaisalmer—, palacios flotantes sobre lagos y el desierto de Thar extendiéndose hasta la frontera con Pakistán. Cuatro días bastan para lo esencial; dos semanas se quedan cortas para todo lo que Rajastán tiene que ofrecer.
Capital de Rajastán y puerta habitual de entrada al estado, Jaipur fue planificada en cuadrícula en 1727 por el Maharaja Sawai Jai Singh II, un estudioso de la astronomía y la arquitectura. Su casco antiguo se pintó de rosa en 1876 para recibir al Príncipe de Gales, y desde entonces la ciudad no ha dejado de llevar ese color como sello de identidad. Jaipur, el Fuerte Amber y la ciudad amurallada suman tres declaraciones UNESCO.
A 11 km del centro, este complejo palaciego construido en 1592 sobre las ruinas de un templo dedicado al sol combina arquitectura hindú y mogol en una colina espectacular. En su interior, el Sheesh Mahal (palacio de los espejos) y los patios de la Zenana son las paradas obligadas; contratar un guía ayuda a orientarse en un recinto bastante laberíntico. Muchos viajeros evitan ya el ascenso en elefante por motivos de bienestar animal y suben a pie o en jeep compartido.
La postal más repetida de Jaipur: una fachada de arenisca rosa y roja de cinco plantas con 953 ventanucos tallados, construida en 1799 para que las mujeres del harén pudieran observar la vida en la calle sin ser vistas. La entrada cuesta unos 50 INR y el horario habitual es de 10:00 a 16:30; las mejores vistas de la fachada se consiguen desde las azoteas de los cafés de enfrente.
El Palacio de la Ciudad sigue siendo residencia parcial de la familia real de Jaipur, con el Chandra Mahal y el Mubarak Mahal abiertos al público. Junto a él, el observatorio astronómico Jantar Mantar, Patrimonio de la Humanidad, reúne más de una docena de instrumentos de medición astronómica del siglo XVIII todavía funcionales. Una entrada combinada suele incluir ambos junto al Hawa Mahal.
Menos visitado que Amber pese a estar a poco más de un kilómetro en línea recta del centro, ofrece las mejores vistas del atardecer sobre toda la Ciudad Rosa —y algún que otro pavo real salvaje por el camino.
Jaipur es uno de los grandes centros joyeros del mundo, y sus bazares —organizados históricamente por gremio— son parte esencial de cualquier visita.
El bazar de los joyeros: oro, plata, esmeraldas y joyería kundan. No es el más barato, pero regateando bien se consiguen precios razonables.
Saris, telas, calzado y cosmética tradicional en uno de los mercados más animados y coloridos del casco antiguo.
Especias y alimentación a granel, con el bullicio cotidiano de los propios jaipuríes haciendo la compra diaria.
Menaje para el hogar, brazaletes de laca y joyería lac, una de las artesanías más típicas de Rajastán.
Considerada por muchos viajeros el destino más romántico de Rajastán, Udaipur se despliega alrededor del Lago Pichola con la cordillera de los Aravalli como telón de fondo. Su ritmo pausado, sus palacios reflejados en el agua y sus azoteas con vistas la convierten en la parada donde más apetece bajar el ritmo del viaje.
El complejo palaciego más grande de Rajastán, con una fusión de estilos rajput y mogol y una Galería de Cristal que reúne mobiliario de cristal tallado único en el mundo. Un paseo en barca por el Lago Pichola al atardecer, con parada en el palacio-isla de Jag Mandir, es la actividad más recomendada de la ciudad.
Esta haveli histórica a orillas del lago acoge cada noche un espectáculo de danzas folclóricas de Rajastán —incluida la danza del equilibrio sobre vasijas de latón—, una buena introducción a la cultura de la región.
Jardín construido en el siglo XVIII para las damas de compañía de la corte, con fuentes, estanques de loto y pabellones de mármol —un remanso de sombra y agua en una ciudad que puede llegar a ser calurosa.
El tramo más espectacular del viaje por Rajastán: de las fachadas añiles de Jodhpur a las dunas doradas del desierto de Thar, en la frontera misma con Pakistán.
Alzándose 120 metros sobre Jodhpur, es uno de los fuertes mejor conservados de India: el Moti Mahal con techos decorados en pan de oro, el Sheesh Mahal de espejos y museos con armas, trajes reales y palanquines. La entrada ronda los 600 INR e incluye audioguía; los más atrevidos pueden completar la visita con una tirolina que sobrevuela las murallas.
El casco antiguo de Jodhpur, a los pies del fuerte, debe su color añil a una tradición que originalmente distinguía las casas de la casta brahmán y que hoy se atribuye también a sus propiedades repelentes de insectos. El Umaid Bhawan Palace, residencia real todavía habitada en parte por la familia Jodhpur y reconvertida en hotel de lujo, es uno de los palacios privados más grandes del mundo, con un pequeño museo de arte déco y coches de época abierto a quienes no se alojan allí.
A diferencia de la mayoría de fuertes rajastaníes, convertidos en museos, el de Jaisalmer sigue siendo un fuerte "vivo": cerca de una cuarta parte de la población de la ciudad reside dentro de sus murallas de arenisca dorada, entre havelis tallados como el Patwon-ki-Haveli y templos jainistas de gran finura ornamental.
A unos 40 km de Jaisalmer, las dunas de Sam son la puerta de entrada más accesible al desierto de Thar: paseos en camello al atardecer, cenas rajastaníes con música y baile en vivo, y la opción de pernoctar en tiendas de campaña bajo un cielo casi sin contaminación lumínica (las noches en tienda solo suelen ofrecerse de octubre a marzo, por el calor del resto del año).
La cocina rajastaní nació en un territorio árido con escasez histórica de agua y vegetales frescos, lo que explica su uso intensivo de legumbres, lácteos y especias como método de conservación.
Rajastán no tiene una vida nocturna de clubes al estilo occidental, pero compensa con algunas de las mejores azoteas con vistas de todo el país.
Las azoteas frente al Lago Pichola —muchas de ellas en hoteles boutique— son el plan nocturno por excelencia: cena con vistas al City Palace iluminado y al Lake Palace flotando sobre el agua.
Los bares en azotea con el Fuerte Mehrangarh iluminado de fondo son el gran atractivo nocturno de la Ciudad Azul; varios de ellos organizan también excursiones de un día al desierto para quienes se animan tomando una copa.
Cafés y restaurantes en azotea dentro y fuera de las murallas del fuerte, con vistas al atardecer sobre el mar de arenisca dorada de la ciudad.
Pocos lugares en el mundo permiten dormir en un auténtico palacio real por una fracción del precio de un hotel de lujo occidental — Rajastán es el paraíso de las havelis reconvertidas en hospedaje.
Octubre a marzo es, con diferencia, la mejor época: temperaturas de 15-25°C, cielos despejados y noches en el desierto agradables (aunque frías en diciembre-enero). Abril a junio convierte el estado en un horno, con máximas que superan con frecuencia los 45°C, especialmente duras en Jaisalmer y el desierto de Thar. El monzón, de julio a septiembre, trae algo de humedad y lluvias irregulares que refrescan el ambiente pero pueden dificultar el transporte por carretera.
Un coche con conductor para todo el circuito Jaipur-Udaipur-Jodhpur-Jaisalmer suele salir más económico por persona que encadenar trenes y buses si se viaja en grupo de tres o más.
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