Calles empedradas del Casco Antiguo, un edificio administrativo entre los más grandes del mundo y una escena de bares que no para. Bucarest suele ser solo la puerta de entrada a Rumanía, pero se merece uno o dos días propios antes de salir hacia Transilvania.
Durante siglos fue el barrio de comerciantes de la ciudad —su nombre viene de los mercaderes que traían mercancía desde Leipzig— y hoy es una maraña de calles empedradas con iglesias, palacetes neoclásicos y terrazas. Es el punto de partida natural de cualquier visita a Bucarest.
En el número 55 de la calle Lipscani, dentro de un antiguo banco de principios del siglo XX, esta librería de seis plantas con escaleras y barandillas de hierro se ha convertido en una de las paradas fotográficas obligadas de la ciudad, se compre o no un libro.
El Macca-Villacrosse es una galería cubierta de vidrieras de colores que conecta Calea Victoriei con Lipscani. Muy cerca, el más pequeño Pasajul Englez (Pasaje Inglés) merece una parada de cinco minutos.
Construido por orden de Ceaușescu, es uno de los edificios administrativos más grandes del mundo —a menudo citado como el segundo tras el Pentágono, aunque la comparación exacta depende de si se mide por superficie, volumen o número de despachos—, con más de mil salas de mármol y cristal. Se visita por dentro con guía y hay que llevar el pasaporte; si no quieres entrar, el Bulevar Unirii que tienes enfrente ofrece las mejores vistas y fotos del conjunto.
El Ateneo, sede de la Orquesta Filarmónica George Enescu, y el Palacio CEC, con su cúpula acristalada, son dos de los edificios más elegantes y fotografiados de Calea Victoriei; junto a ellos, el Palacio Cantacuzino y el Museo Nacional de Arte de Rumanía, instalado en el antiguo Palacio Real.
Instalado en el antiguo Palacio de Correos, reúne más de 60 salas de historia del país y las joyas de la Corona rumana; una parada habitual para quien quiera algo más de contexto antes de seguir viaje hacia Transilvania.
Escenario de los hechos de 1989 que acabaron con el régimen comunista; un buen punto para cerrar la ruta por Calea Victoriei.
El parque más antiguo y céntrico de la ciudad, agradable de día y de noche, con un lago pequeño y buenos rincones para sentarse a leer o tomar algo.
El parque más grande de Bucarest, junto a un lago, con un jardín japonés y buenas rutas para pasear o alquilar una bici. Muy cerca, el Arco del Triunfo —una réplica a menor escala del parisino, levantada para conmemorar la independencia del país y la victoria en la Primera Guerra Mundial— merece una parada de dos minutos si ya estás en la zona.
Museo al aire libre con casas tradicionales traídas de toda Rumanía; una manera rápida de hacerse una idea de la arquitectura rural que luego se ve en Maramureș o Bucovina.
Con más tiempo, este barrio al norte reúne mansiones, embajadas y la antigua residencia de los Ceaușescu (hoy Casa Ceaușescu, visitable), que conserva gran parte del mobiliario original y permite hacerse una idea de cómo vivía la cúpula del régimen mientras el resto del país pasaba escasez. No es imprescindible, pero sí una alternativa distinta si ya conoces el centro.
Del siglo XVIII, una joya escondida en pleno Casco Antiguo, con una mezcla de arte ortodoxo y elementos islámicos en su fachada; la entrada es gratuita.
Sede de la Iglesia Ortodoxa Rumana, corona la Colina de la Metrópoli con vistas sobre el sur del centro.
Del siglo XIX, sigue activa y puede visitarse; testimonio de lo que fue un importante barrio judío en el centro de Bucarest.
La principal iglesia católica de la ciudad, con un interior neogótico sobrio que contrasta con la exuberancia ortodoxa del resto de templos.
El mercado tradicional más grande de Bucarest, con productos frescos, quesos y encurtidos caseros. Lo mejor es visitarlo por la mañana, cuando todos los puestos están abiertos y el ambiente es más auténtico.
Los fines de semana reúne un rastro de antigüedades y objetos vintage, ideal para curiosear aunque no se compre nada.
La vida nocturna de Bucarest se concentra en el Casco Antiguo, especialmente en la calle Covaci y sus alrededores, con una densidad de bares y terrazas que sorprende para una capital de este tamaño. Es una de las escenas de fiesta más económicas de Europa. Para algo más alternativo, el Control Club programa música en directo y noches de DJ; para una cena con ambiente tradicional, Caru' cu Bere combina cocina rumana con música folclórica en vivo algunas noches.
La cocina rumana es contundente y de raíz campesina, con influencias otomanas, húngaras y balcánicas. Los imprescindibles: mici (rollitos de carne picada a la parrilla), sarmale (hojas de col rellenas de carne y arroz), ciorbă de burtă (sopa agria de callos), mămăligă (una polenta que acompaña casi cualquier plato) y papanași de postre.
El itinerario más habitual para quien enlaza al día siguiente con Transilvania:
Bucarest tiene un clima continental con contrastes marcados. Abril-mayo y septiembre-octubre son las épocas más recomendables, con temperaturas suaves (15-25°C) ideales para caminar por el Casco Antiguo. En enero y febrero el frío puede ser intenso, con temperaturas bajo cero y alguna nevada. Julio y agosto son los meses más calurosos, con picos que superan con frecuencia los 33-35°C y poca brisa en el centro urbano. Marzo, junio y noviembre son meses de transición, con clima variable pero sin extremos.
Bucarest es, junto con Sofía, una de las capitales más económicas de la Unión Europea; incluso el nivel lujo resulta más barato aquí que en la mayoría de capitales de Europa Occidental.
El aeropuerto Henri Coandă (Otopeni) está a unos 18 km del centro. La opción más barata es el autobús Express 100, que conecta la terminal con Piața Unirii y Piața Romană por unos 3 RON (0,60€), con salidas cada 15-30 minutos, las 24 horas; los billetes se compran en las máquinas junto a la parada, no al conductor. El tren Henri Coandă Express llega a Gara de Nord en unos 20-30 minutos, aunque requiere un shuttle previo hasta la estación. Si prefieres no complicarte, Bolt o Uber tardan entre 25 y 40 minutos según el tráfico.
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